Concepto de autoridad

El origen del concepto de autoridad se sitúa en los tiempos del Imperio Romano, con este término se designaba a las personas que se encontraban en posición de confirmar o sancionar una línea de acción. El término se ha extendido a un atributo que se posee cuando se tiene la capacidad de impartir órdenes o de inculcar en otros un comportamiento determinado, a través de un mando asignado legítimamente. En ese sentido, se le llama también ‘la autoridad’ a la persona que tiene esa capacidad. Así, por ejemplo, en el ejército hay una pirámide de autoridad, donde los que ocupan las posiciones superiores de esa pirámide imaginaria imparten obligaciones a los que se ubican en niveles inferiores.

Esa clase de definición corresponde más a un análisis empresarial del término. En todas las organizaciones existe un orden jerárquico, y se van constituyendo responsabilidades a partir del lugar que le corresponde a cada uno en esa jerarquía. A medida que nos acercamos más a las autoridades mayores, podremos ver escalafones, donde las decisiones tienen cada vez efectos más importantes. La convivencia entre las líneas altas con las más bajas suele ser tema de análisis (y de eventual conflicto), así como también aquella cuestión de que la autoridad va cambiando de manos, y cuando se libera un puesto probablemente comience una feroz competencia entre los de abajo por ocuparlo. Es por esto que desde muchos ámbitos de la gestión organizacional se recomienda a las figuras de autoridad adquirir más bien los rasgos del líder (capacidad de anticipación e inteligencia práctica, actitud de apertura con respecto a las ideas del otro y alto nivel de empuje y motivación) que los del jefe (bloqueo de subordinados talentosos, carecer de otro interés más que el propio bienestar).

Sin embargo, hay otra clase de autoridad que debe ser enmarcada y encarada desde otro punto de vista: la autoridad política, del Estado. Allí la cuestión no pasa por una pirámide de jerarquías, sino por una representación, por lo que puede decirse que la autoridad no está arriba de la gente dándole órdenes, sino a un costado, escuchándolos y atendiendo a sus necesidades. Sin embargo, en los casos de democracia electiva se considera que las personas le otorgan por un tiempo determinado la voz de mando, la responsabilidad y la autoridad para tomar ciertas medidas. Los poderes que ejercen la autoridad deben hacerlo de forma limitada y sin abusar de ella, de lo contrario caerían en lo que se conoce como abuso de autoridad.

Son muchos los filósofos y pensadores que han escrito sobre la autoridad, pero se destaca entre ellos Max Weber, quien entendió que la autoridad se diferencia del poder al tener un fuerte componente de legitimidad, es decir, de aceptación en el dominado. Por eso distingue a la autoridad en tres clases:

  • La que se basa en el carisma, a través de personas que utilizan estrategias psicológicas para lograr el respeto y la legitimidad de otras. No importan las cualidades técnicas ni las calificaciones, la dimensión casi heroica del líder tiene mayor importancia y genera mucha admiración. Martín Luther King, Juan Domingo Perón o Getúlio Vargas fueron líderes, con distintas formas de pensar, de esta clase.
  • La que se basa en un acto racional, en aceptar determinadas instituciones o consensos en el seno de una sociedad. Probablemente no sea la misma la que se tiene de manera deliberada (como la que se ejerce desde la Justicia o el Gobierno) que la que se genera involuntariamente (por medio de la publicidad, por ejemplo). De esos modos son como se van instalando y reproduciendo normas, y se deriva el poder burocrático.
  • La que se basa en la tradición, en como ‘han sido siempre’ las cosas y deberán seguirlo siendo. En muchos casos sucede con las cuestiones que se transmiten por herencia, a veces vinculadas con las religiones.

Con este modelo (que dice Weber, se replica con distintos grados en todas las sociedades) quiso explicar cómo se va configurando la estructura de las relaciones sociales entre las personas.


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