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Concepto de Belleza


La belleza es un atributo que puede abarcar casi todo lo que se encuentra, de manera tangible o intangible, al alcance de la imaginación humana. Probablemente la idea de belleza haya aparecido al mismo tiempo que la propia existencia de la humanidad. A pesar de que la belleza es una propiedad subjetiva, desde siempre el hombre ha querido especificar (y objetivizar) de qué se trata. En la Grecia Antigua se quiso establecer una clase de teorización sobre qué es lo que resulta bello. Así surge la escuela de Pitágoras, que considera que la belleza viene a partir de los objetos simétricos y equilibrados, que generan en la percepción humana una pureza y una proporcionalidad ligada a la tranquilidad, pero especialmente al orden por el que el hombre aboga constantemente. Platón y Sócrates entendieron que la belleza aparece de una forma más espiritual, en el primer caso a partir de la armonía en las ideas (recordemos la concepción platónica de los mundos sensibles e inteligibles), y en el segundo caso a partir del equilibrio entre el cuerpo y el alma.

La Edad Media, período en el que el Cristianismo se expandía por el mundo imponiendo sus formas y sus concepciones, estuvo marcada por la presencia de lo Divino en la belleza, de nuevo con la valorización de la proporcionalidad, la luz y el número de las cosas. En este caso la belleza llega con una contraparte, lo feo, representado por lo oscuro y lo malo, lo cual se demuestra claramente, por ejemplo, en el caso de las brujas. Con el correr del tiempo, varios filósofos fueron estableciendo nociones sobre la belleza, entre los que se encuentra, por ejemplo, Immanuel Kant, que estableció mucho de lo que luego tomaría la corriente del romanticismo. Es interesante mencionar lo que ha dicho el premio Nobel de medicina y de filosofía en 1973, Konrad Lorenz, que mediante un estudio estadístico dio cuenta de que las personas prefieren los rasgos y los rostros infantiles a los adultos. Una cara infantil –consideró– está asociada a la pureza, a la sinceridad y a la honestidad.

De todos modos, es importante destacar la diferencia entre la belleza de las cosas (apreciable fundamentalmente en las artes) y la belleza de las personas. Cuando se trata de esta última, aparece una doble subjetividad: además de las cualidades físicas, existe una belleza interior que viene con un conjunto de aspectos espirituales, como la simpatía, el buen humor, la inteligencia o el encanto, que no se podrán ver a simple vista. Tal vez esta dualidad de la belleza (y la multiplicidad de criterios culturales) sean ignorados por algunos ámbitos que creen poder definir quien es la persona más bella del mundo, organizando certámenes y concursos con ese pretexto.



En la actualidad, sabemos que las diferentes culturas conservan distintos modelos de belleza, a pesar de que el proceso de recorte en las distancias entre los países que vivimos hoy en día está tendiendo a acercar y a tratar de globalizar los patrones de belleza. Sabemos que no es igual la belleza humana en Occidente que, por ejemplo, en algunas tribus asiáticas, donde las mujeres alargan artificialmente sus cuellos, o en ciertas etnias africanas, donde se rapan la cabeza. Esta modelización mundial sobre la belleza ha llegado a tal punto que algunas personas emprenden una búsqueda desesperada por la belleza física, llegando a intentar transformar el cuerpo mediante maquillaje, cirugías plásticas, fajas o hasta trastornos alimenticios que pueden perjudicar seriamente a la persona. Estas circunstancias generan una discusión ética sobre el sentido de la belleza, que pierde un poco del valor sobre el que tanto se ha pensado, y contrasta de forma chocante con lo que, afortunadamente, aún se ve en las disciplinas de las artes.


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