Concepto de ciudadano

El concepto de ciudadano hace alusión a quien ejerce su ciudadanía, condición que caracteriza a la antedicha categoría cívica y que puede definirse como una serie de reconocimientos expresados en derechos y obligaciones, tanto individuales como sociales.

Esta primera definición sin duda va más allá del concepto de ciudadano en el habla cotidiana, que hace referencia a las personas que viven en una ciudad. Esta superposición de ideas surge en el concepto histórico del término, que aludía a los habitantes de la denominada ciudad-estado.

En el caso de la Antigua Grecia, la definición no los incluía a todos, puesto que se limitaba a los hombres libres que habían nacido en la ciudad. Las mujeres, los esclavos y los extranjeros, por lo tanto, estaban fuera de esa categoría. De este modo se reproducía una aristocracia (“gobierno de los mejores”), y la ciudadanía a eso se limitaba. En el caso del Imperio Romano, existían distintos grados de ciudadanía con privilegios, siendo algo más inclusiva que la griega. Sin embargo, tal vez el momento cumbre en esta evolución fue la Revolución Francesa de 1789, en la que las ideas de libertad, igualdad y fraternidad incluían a todos los hombres nacidos en el país, sin importar su condición social (excepto los criminales). La ‘Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano’, algunos años después, significó la consolidación de esta ampliación del término.

La cuestión de la ciudadanía de las mujeres y su igualdad con los hombres llegaría mucho tiempo después, y sería mucho más variable según cada país, con ampliaciones como el derecho a voto, o la igualdad en las condiciones de trabajo. Sin embargo, cabe destacar que aun hoy en día en ciertos países no se les reconocen los derechos fundamentales de la ciudadanía a las mujeres. En suma, el concepto de ciudadano fue modificándose a lo largo del tiempo: pasó de aludir a la pertenencia a una clase social o una relevancia dentro de una comunidad al solo hecho de haber nacido dentro del territorio de un país.

En términos jurídicos se habla a menudo de ciudadanos que pertenecen a una nación específica. Se trata de un vínculo que crea capacidades y obligaciones, y que según la legislación de cada país varía. En algunos casos se admite la ciudadanía para los hijos de ciudadanos, aun sin que hubieran nacido en el país. De ese modo, hay muchas personas en el mundo que tienen dobles ciudadanías, las que les otorgan las mismas condiciones que los nacidos en el lugar (ciudadanos nativos).

El concepto de ciudadanía, sin embargo, también tiene un costado que sobrepasa el marco legal y objetivo. En la medida que se cree que la convivencia en sociedad es algo que se construye diariamente entre todos, la condición de buen o mal ciudadano viene dada por las conductas de los individuos en su vínculo con sus vecinos. Veamos algunos ejemplos de lo que se espera que “un buen ciudadano” realice:

  • Cumplir con las obligaciones del país (tributarias, legales, democráticas).
  • Actuar con educación y respeto por el prójimo, muy especialmente con los ancianos, los niños y los discapacitados.
  • Involucrarse en la toma de decisiones que se deben dar en el seno de la sociedad, participando en las instancias que tiene a su disposición y organizándose para expresar los problemas que aparezcan.
  • Ayuda a cuidar el ambiente en el que vive, preocupándose así por las próximas generaciones.

Aunque la familia y las relaciones de primera instancia son las que más favorecerán a que el niño adquiera estos valores, la escuela es un ámbito importante para aprender a ser un buen ciudadano. Es por esto que existe, en muchos países, una materia obligatoria conocida como formación cívica o formación ética y ciudadana, que ayuda a reforzar estos conceptos claves para una buena convivencia entre todos.

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