Concepto de contrato

El concepto contrato proviene del vocablo latín ‘contractus’. Se utiliza casi exclusivamente en el ámbito del derecho, y alude a un acuerdo voluntario entre dos o más partes que cuentan con la aptitud legal para tomar decisiones, las que tienen como efecto generar una serie de obligaciones y derechos.

Es entonces, la forma constituida por el derecho y la teoría jurídica que da inicio, modificación o cierre a las relaciones legales entre las personas. Cuando se habla de las personas que integran un contrato, se puede mencionar tanto a las personas físicas (con existencia individual) como a las personas jurídicas (con derechos, obligaciones y existencia física, pero no personal).

La historia de estos acuerdos entre personas se remonta al Imperio Romano, donde los pactos comienzan a hacerse de una forma escrita, pero muy rudimentaria. Con el tiempo fueron apareciendo las promesas solemnes (reglas muy estrictas que incluían la muerte al incumplirla), y para el año 1234, el Papa Gregorio IX sanciona la obligatoriedad de cumplimiento de los pactos, pero no se puede hablar aún de ‘contrato’, puesto que la autoridad se desprende de un poder religioso y no de la propia promesa. El auge de la actividad comercial y su necesidad de regulación fueron los motores para que unos siglos después, a partir de las ideas iluministas, comience a hablarse del ‘contrato’ como categoría en la que el cimiento fundamental es la voluntad de obligarse. La Revolución francesa legislaría, para 1808 y por primera vez sobre los contratos entre privados.

Para que un contrato alcance su eficacia, según la ley deben cumplirse tres condiciones:

  1. Un consentimiento entre dos partes que libremente eligen firmarlo. Aunque parece evidente que los contratos son producto de la voluntad de las partes, pueden aparecer vicios del consentimiento (por encontrarse alterado el discernimiento de alguna de las partes, sus intenciones o su libertad de ejercicio, por ejemplo). Se ejemplifican como casos de falta de consentimiento el error (equivocación), la violencia (presión ejercida) o el dolo (estar inducido por otra persona).
  2. Un objeto que representa el interés compartido para el contrato, ya sean los bienes comerciables, los servicios ajustados a la ley y al orden público o las voluntades que las relaciones suponen.
  3. Una causa justa para la celebración del contrato. La razón que llevó a las partes a realizar el acuerdo debe ser verdadera y lícita.

Los contratos son acordados por un tiempo determinado, y pueden comenzar al momento de su rubricación, o en una fecha posterior predeterminada. A pesar de que la finalización también debe estar estipulada, también puede precipitarse. Los contratos pueden terminar por tres causas: por haberse llegado a esa fecha de cierre, por común acuerdo, aun cuando no se haya completado, o por incumplimiento de alguna de las partes.

Es innumerable la cantidad de clases de contratos que existen, posiblemente tantas como acuerdos entre partes se necesiten celebrar. Podemos nombrar contratos de trabajo, de alquiler, de donación, de obra, de depósito o de comodato, entre muchísimos otros. Sobre todos ellos se hace una clasificación, según distintos criterios:

  • Unilaterales, bilaterales o multilaterales, según la cantidad de partes que intervengan en el acuerdo.
  • Según el sacrificio de las partes, siendo onerosos cuando ambas partes reciben algo y entregan otra cosa (como la compraventa) y gratuitos cuando una sola de las dos partes saca un provecho (como el comodato).
  • En los casos en que se deben especificar con mucha exactitud las condiciones, hay contratos principales y accesorios. Los primeros establecen lo general, mientras que los segundos especifican las garantías de cumplimiento de los primeros.
  • Instantáneos o de tracto sucesivo, de acuerdo al momento de cumplimiento: los primeros se realizan en un solo acto, en tanto los segundos se realizan por un período de tiempo, que puede prolongarse o limitarse por voluntad de las partes.

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